“Por algún sitio hay que empezar”.

Es el primer pensamiento que te viene a la cabeza cuando enfrente de ti tienes una llanura enorme, llena de rocas que no se distinguen unas de las otras, y te propones empezar a construir una calzada. Alguna tiene que ser la primera.

Cuando te enfrentas a un reto nuevo surgen innumerables incógnitas, pero en último termino solo hay una forma de resolver esas preguntas: empezar a andar.

En mi caso, fue un impulso externo el que me llevó a iniciar la marcha. Y me pareció bastante sencillo.

Ahora, tiempo después, pienso en si fui demasiado ingenuo. Enseguida llegaron las primeras dudas:

“¿Son suficiente potentes mis personajes?”

“¿La historia se entiende?”

“¿No es demasiado aburrida esta parte?”

Estas preguntas me llevaron a otras, pero todas me sirvieron para empezar a entender las características del camino que había elegido.

Empecé a leer sobre descripciones de personajes, sobre historias “madre” e historias satélite, sobre como hacer descripciones efectivas… Todo ello me llevó a adentrarme en blogs, artículos, publicaciones…

También me empezaron a preocupar otras cosas, no tan relacionadas con el hecho de escribir: los sistemas de publicación, el funcionamiento de las editoriales, cómo registrar una obra o, simplemente, cómo hacer que tu obra tenga la calidad suficiente. Más blogs, artículos, publicaciones…

Y unido a todo ello, empecé a percatarme de que, como en casi cualquier otro ámbito, existía una especie de mundo paralelo donde escritores y lectores, profesionales o no, se arremolinaban y pugnaban por una pequeña parcela donde poder cultivar sus aportes. Más blogs, artículos, publicaciones y…¡las redes sociales!

Hay días en que, cuando apago el ordenador, me doy cuenta que he pasado gran parte del tiempo, del que dedicó al proyecto, haciendo cosas al margen de la escritura del propio libro.

Todas son necesarias, desde luego, sobre todo si quieres hacer un trabajo de mediana calidad. Pero uno de esos días me dio por pensar…

“¿Cual fue mi primera piedra?”

Enseguida pensé que había sido la historia en sí. Cierto que tenía claro que tipo de relato quería, pero al principio no tenía ni siquiera un pequeño esbozo del verdadero Aesteria.

¿Quizá los personajes? No creo. Aunque es verdad que siempre hay algo de ti, o de los que te rodean, en esos primeros actores de la novela. Pero llegaron mucho más tarde.

Estuve un rato dándole vueltas. ¿El número de páginas? ¿El estilo? ¿El tipo de narración?…

Y entonces me acordé. Me había sentado en casa, con una pequeña libreta (que he buscado hasta la extenuación y creo que he perdido para siempre) y un bolígrafo. Y escribí. Solo eso.

Por eso, ahora, cuando me siento bloqueado. O después de un día en el que he leído mucho y sobre muchas cosas, me paro a pensar en esa primera piedra: la escritura.

Al final todo se reduce a eso: poner letra tras letra, palabra tras palabra, para, al final, terminar en un texto.

Claro que habrá que revisarlo, adecentarlo y publicarlo (si es menester). Pero para mí siempre habrá un primer paso: sentarme delante del ordenador (ahora que no tengo mi libreta) y pulsar la primera tecla.

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Un comentario en “El camino del escritor: primera piedra.

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