Este fin de semana ha sido uno de esos productivos. Muy productivo, diría yo. Sobre todo el sábado que fue una conglomerado entre videojuegos, vídeos de David Broncano y la fiesta del trending topic que se montó con mis compañeros escritores 2.0 y ese evento anual llamado Eurovision.

giphy-40Procrastinación lvl 99 —aunque mis 2000 palabras al día son sagradas, ¿eh?—.

Me gusta sacar una lectura, si puede ser positiva mejor, a esos momentos en los que no hago todo lo que creo que debería de hacer. Porque así me siento mejor y porque también creo que todo ayuda si se sabe mirar desde la óptica adecuada.

¿Pero qué leches se puede sacar de una tarde de videojuegos, Broncano y el twitter de Eurovision —más algunos highlights que he visto por internet—?

Pues algo se puede, de verdad…

¿Dónde está el límite?

Esto coincide con que hace poco que leí Escatología de andar por casa, también con que fui a ver Life y esta semana Guardianes de la Galaxia 2, y me dio por mirar un par de reseñas por youtube. Y, además, aterrizó en mis manos un monólogo —mini— de Broncano, y ya sabéis como es eso de los recomendados de Youtube: enlazas uno y otro, y otro, y otro…y cuando te quieres dar cuenta es noche cerrada y los lobos aullan afuera.

Os dejo el monólogo que merece la pena.

La idea principal, la que da algo de sentido a este post, es la que propone cuando compara el humor y el drama —poniendo como ejemplo la peli Azul oscuro, casi negro—. Y eso me llevó directamente a recordar un post de Víctor Selles en el que hacía una reflexión sobre la literatura infantil y la idoneidad de reblandecerla o no.

Hablamos de ficción en todos los casos pero, ¿dónde está el límite?

¿Está bien tratar temas peliagudos si se utiliza la ficción —o el humor— como canal?

La gracia de esta pregunta es que no hay una respuesta válida y única. No solo eso, depende en que lugar vivas, el estado político o incluso la moda del momento —luego le ponemos un nombre concreto a esto—. Todo eso puede variar la respuesta de manera bastante potente.

¿No os suena eso de que ahora vivimos en una sociedad de libre expresión, donde todos y todas tenemos voz y voto?

Y, sin embargo, una de las recomendaciones, number one, que te hacen cuando tienes un perfil público en una red social es:

No puedes hablar de fútbol, de política ni de religión.

giphy-39Eso de cara a la galería. Luego lo que escribas, o lo que hables —en clave de humor— es otra cosa. ¿O no?

Os invito a que paséis una rato mirando los comentarios del monólogo que os he puesto y de otros videos relacionados —si os engancháis—.

También os dejo un par de artículos que trataban sobre el tema de LGBT en la literatura y que generaron un debate intenso —y necesario—.

Este de Rafa de la Rosa —que esta semana ha sacado otro post al respecto, donde pone todos los puntos sobre las íes—; y este otro de Jen Moraz, que encima le ha valido su primer troleo.

Dejo que cada uno se vaya haciendo su composición de lugar —acordaos de la pregunta del inicios sobre los límites— y me voy para otro lado.

¿Quién define los límites?

Le toca el turno a Eurovision.

giphy-37Spoiler

Me produce un poco de reticencia hablar de esto porque admito que no he visto una gala en mi vida. No tengo una explicación racional, simplemente no me seduce —y eso que soy muy fan de Britain´s got Talent, de verdad—. Pero la que se lió el sábado por la noche con los tuits fue épica.

Mi “por si te lo perdiste” de twitter echaba humo la mañana del domingo.

Resulta que Eurovision es la competición musical más longeva de la televisión. ¡Ahí es na! Y es una forma de juntar a los países miembros de la UER (Unión Europea de Radiodifusión) —que son unos pocos— y echar una tarde.

Bueno, la historia es que sobre Eurovision siempre ha sobrevolado un halo de politiqueo que parecía influir en las votaciones. Además la gente se lleva las manos a la cabeza porque ahora parece que no gana el que mejor canta, sino el que mejor performance realiza. O también hay quejas porque los canciones no siempre son en el idioma del país y, claro, no es justo porque con lo bonito que es el castellano o el francés, no se gana si no es en inglés (también dile tú a Islandia que cante en su idioma, Sigur Ros para más señas). Entonces:

¿Quién pone las reglas?

Pues da un poco igual, ¿no? Eurovision es un TT one hit wonder, se habla esa noche y al día siguiente y ya está.

La cosa es montar un espectáculo del cupón bendito y demostrarle al mundo que en Europa todos somos buenísimos y muy abiertos de mente (por eso la muchacha de Azerbaiyán empezó estudiando en Bakú, pero luego se fue a Londres porque le dijeron que lo de la música electrónica en las estepas como que no lo veían).

¿Esto es realidad o ficción?

Bueno, es un espectáculo.

¿Y qué mensaje estamos mandando a nuestra chavalada?

Os vuelvo a remitir al post de Victor Selles.

Más reflexión, más asentar pensamientos y terminamos, os lo prometo.

¿Cómo influyen, entonces, los límites a la hora de escribir?

Y pongo el último ejemplo.

Karl_Ove_KnausgårdNo, no es el cantante de Foo Fighters sin teñir

Este escritor se llama Karl Ove Knausgard y en 2009 publicó una novela llamada Mi lucha (que en noruego se escribe Min Kamp). No solo el título es controvertido, sino el contenido en ella. El mismo Karl Ove dijo que era ficción, aunque luego se ha discutido si era más parecido a una biografía.

Este libro desató un montón de polémica, no tanto por el título, sino por cómo contaba la historia.

Os dejo un rato para que ojeéis de qué va el tema.

Hablamos de límites, de debates en los que se trata de observar dónde esta esa delgada línea roja y cuándo se puede o no se puede pasar.

La ficción es ficción, el humor es humor y la libertad de expresión es un término un tanto abstracto.

¿Entonces qué tengo que hacer si quiero escribir sobre algo que esta cerca de esa línea roja?

giphy-38Ten muy en cuenta que casi todo tiene línea roja. Más por nuestros lares, que somos muy de ni contigo ni sin ti

Difícil pregunta, difícil respuesta.

No puedo decir que sea un gran experto en temas literarios, ni siquiera de la vida —aún quedan muchas cosas por aprender y contra las que llevarse una buena leche—. Pero sí que he hablado con muchos, he leído a otros tantos y me gusta echar un vistazo a lo que me rodea, de vez en cuando.

Soy de los que piensa que la ficción —o el humor— son parcelas muy concretas, que precisamente buscan relatar algo fuera de la realidad, haciéndolo ficticio o parodiándolo, por ejemplo, y muchas veces es nuestra propia tendencia a buscar la polémica la que nos lleva a esa frase tan clásica: “¿cómo puede escribir/decir eso?”

Pero también hay que matizar que vivimos en el mundo y eso implica un contexto. Esa palabra que define un lugar —etéreo y difuminado— en el que suceden acontecimientos.

¿Y eso qué importa?

Ejemplo real y propio.

Tengo un amigo que hizo cosas que no debía y pasó una temporada a la sombra. Aprendió la lección, pero eso no quita que alguna vez, cuando he ido con él a sacar dinero a un cajero no le diga: “¿Estás tranquilo? Sólo quiero sacar dinero, no quiero líos.”

Y alguno dirá: ¿cómo puedes decir eso? Pues porque el contexto es propicio para bromear con algo que es muy serio. ¿Por qué? Porque conozco a esa persona, porque conozco su historia y porque sé como reacciona ante mi humor que no entiende de políticas —y además le hace gracia—.

Todo eso pasa por mi cabeza cuando voy a soltar una de mis tonterías por la boca y cuando escribo estos post. Y a veces la cago, claro que sí, pero no dejo que eso me quite las ganas de seguir siendo como soy, de escribir de la manera que escribo y de hablar de la manera que hablo. 

La diferencia radica en aprender de esos fallos para entender porque han ocurrido e intentar interiorizarlos.

Quizá Knausgard pensó que era un momento propicio, personal y socialmente, para sacar su novela, o quizá la publicó y punto.

Existen las líneas rojas: algunas son ley, otras auto-impuestas y otras hay que buscarlas. Recuerda que la ficción es solo eso, pero que el contexto siempre te rodea y hay que tenerlo en cuenta —por lo menos un poquito, por eso del respeto—.

Y ahora, basta de reflexiones y ¡a trabajar!

¡Nunca dejéis de escribir!

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