El futuro de la fantasía ya está aquí

Angel Sanchidrián.

Este fin de semana se celebraba el quinto Festival de Fantasía en Fuenlabrada. Una señal inequívoca de que algunas cosas empiezan a cambiar o, como dice Sanchidrián, que ya son diferentes.

Era la primera vez que asistía al festival y una de las pocas que me arrimaba por ese tipo de lares. No porque no me guste la temática (no se puede decir algo así de un lector, rolero, intento de autor, de treinta y seis años), sino porque me siento un poco desubicado.

Eso no quita para que al enterarme de los nombres del cartel, decidiese pasar para ver algunos aspectos por mi mismo.

Y os lo vengo a contar, desde mi particular óptica que para eso el blog es mío (y ya sabéis como sigue el chiste).

Desayunando con palabras.

Aunque había leído algo sobre el formato de las conferencias, me sorprendió encontrarme en un coqueto salón, con un escenario lleno de sofás rojos, con pinta de cómodos, y otro montón de mesas y sillas en la platea donde los amables voluntarios del festival te ofrecían el desayuno (¡gratis!). Nada más sentarme reconocí varias caras de los ya sentados en los sofás y un cosquilleo nervioso empezó a incordiar en el estómago.

Quizá algún día debería preguntarme por qué me produce nervios hablar con alguien medianamente reconocido y no tengo ningún problema para hablar en público.

La charla giró entorno a las preguntas clásicas de estas reuniones: ¿qué es la fantasía? ¿Cómo está el mercado actual? ¿Hacia dónde se encamina el mundo literario?

La gracia residía en ver como los diferentes autores, con ideas comunes en muchos casos, se enfrascaban en tratar de definir su paso por un género que, sin ser de los punteros, empieza a adquirir un eco propio.

Podría transcribir la charla, resumir todo lo que allí se dijo y cómo se dijo, pero seguro que hay alguien que hace una crónica mucho más detallada (estoy casi seguro que la de @Luluvonflama, a la que no supe reconocer en el festival, va a ser genial).

Quizá la frase de esa primera charla, de un desayuno tranquilo que precedía al infierno caluroso de la tarde, fue algo así (no entiendo mi propia letra, lo siento):

Ya no vale solo con escribir, ahora hay que acercarse a los lectores

Hubo caras, no entre el público, reducido a esa hora, entre los invitados. Una afirmación que me sorprendió no por su significado, sino por lo que parece suscitar entre los propios autores.

Pero sigamos avanzando.

Letras en femenino.

Sin duda la mejor charla del fin de semana, por el contenido, sí, pero sobre todo porque se puso sobre la palestra un tema controvertido y se habló sin tapujos. Fue la charla que se pareció más a la definición del diccionario. De nuevo, podría buscar el formato crónica, pero me quedo con una concatenación de frases:

Cuando Fantascy me publica Neimhaim, me comunica que soy su segunda autora, ¡en cuatro años!

Decía Aranzazu Serrano, a la que sigo en Twitter y sobre la que me llevé una grata sorpresa.

Quizá sea un problema de la industria tradicional

Concluía Gabriella Campbell, uno de los motivos, en forma de ídolo, por los que asistí al festival, y que zanjaba una conversación que dejaba el poso de un debate que no se puede decidir en una hora, pero que sí dejó algunas preguntas que se respondieron, o se intentó al menos, en la última charla del sábado.

Fantasía con Ñ

Aunque fue una charla un tanto caótica, seguramente porque el moderador en más de una ocasión tuvo que llevarse las manos a la cara, se pusieron sobre la palestra, lo que a mi entender, temas que se deberían plantear con letras mayúsculas y bien claras.

¿Hacía dónde se dirige el género fantástico? Y, ¿qué cabida tienen las autoras y autores nacionales en él?

Era fácil escuchar el mensaje de Javier Negrete o Rafael Marín y jugar con la ventaja de no haber conseguido nada, de no haber hecho nada en un mundo dónde ellos dos, entre otros muchos incluidos los magníficos Juan Manuel Aguilera, Carlos Sisí o Susana Vallejo, intentaron abrir un camino antes de internet, de la autopublicación y de las redes sociales. Es fácil jugar al ventajismo y decir: ese mensaje ya no es válido.

Quizá la pequeña charla que tuve la suerte de tener con Aranzazu (mientras nos dedicaba Neimhaim, con “detallazo” incluido), hacía ver que el puente que se ha tendido entre esa generación de “venerables”, como les llamo Sanchidrián, y las nuevas, no es algo del agrado de todos.

Y quizá eso fue lo que me faltó ver reflejado en las charlas. Y, también quizá, es demasiado pronto para que me aventure por esos lares. Pero aún así vamos a ver que hay en la cueva del lobo.

En el futuro la verdadera estrella será el crítico, esa persona que consiga destacar, entre las millones de opciones, aquello que merece la pena leer.

Fue Juan Miguel Aguilera el que lo dijo, pero debieron ser unas palabras que Joe Haldeman, que tiene una capacidad casi visionaria para reflejar el futuro, dejó para la posteridad de la literatura. Dentro de esa afirmación se encuentran un montón de ideas sobre las que giró la charla, pero que no fueron efectivas, por tiempo y porque parecía que había que justificar quién era quién (totalmente respetable).

Me perdí la charla de autoedición, pero si puede asistir a la de Roberto Alahambra hablando sobre la gamificación y el ABJ (aprendizaje basado en juegos), temas que aunque no eran mi razón de estar allí, me interesan por motivos profesionales. Fue después de asistir a su charla, que fue magnífica, llena de pasión y ganas de cambiar las cosas, cuando ya en la calle, soportando unos agradables treinta siete grados, mi amigo Pepe, un crack en esas lides (en lo de la gamificación no en lo de aguantar el calor), me preguntaba.

—¿Cuántos profesores piensas que creen en esto? ¿500, 1000, 2000? ¿Cuántos profesores hay en nuestro país?

—Pero en Twitter todo esto lo está petando —dije, por animar.

—¿Y cuanta gente crees que usa Twitter, de ese modo, del total de la población?

giphy

Esa conversación me llevó al mismo pensamiento que arrastraba desde la mañana y que se traducía en un montón de preguntas, que se confirmaban con la charla del domingo de Jorge Díaz Miguelez hablando de su experiencia al crear su saga Anheron.

¿Cuánto de real hay en las redes sociales? ¿Qué podemos esperar de ellas? ¿Es todo una gran mentira? ¿Es solo la punta del iceberg?

Y la gran pregunta:

¿Qué es ser escritor?

Recuerdo que Ana González Duque dijo que los autores anglosajones dedicaban un 60% de su tiempo a la publicidad de su obra.

¿Es eso ser escritor?

Quizás no, o quizás sí. Pero desde luego si no publicitas, no vendes.

Quizá puedas dedicarte a solo escribir, a decir que tu obra es lo mejor que ha recibido la humanidad (broma, un tanto al límite por la forma, que pude escuchar en las charlas) pero si no sacas la cabeza entre los miles de libros que se publican al día, serás escritor, sí, pero no venderás.

Para el debate queda lo de vivir de la escritura, la obsesión del dinero de las editoriales (¡Ojo! Quizá deberíamos pensar que una editorial es una empresa) o la lucha, inexistente en mi opinión (ese tema se tocó de refilón y gracias a Gabriella, que creo que lo vive demasiado de cerca), entre la inmediatez de ganar dinero y la calidad y esfuerzo que ofrezco al mundo.

Vivimos en el mundo de si quieres puedes, de todo es posible y de “lo quiero para ya” (Amazon, ¡maldito!).

Y todo eso es el futuro, no solo de la fantasía, sino de la literatura en general.

Así que no puedo dejar de estar de acuerdo con el maestro Sanchidrián.

Sí no lo haces tú, no lo hace nadie.

Y añado que escribir no es algo de un día para otro…

Si no que se lo pregunten a Aranzazu Serrano o al propio Jorge Díaz Miguelez.

Para el resto, y como siempre…

¡Nunca dejéis de escribir!

PD: Un diez a la organización y voluntarios que se dejaron media vida en la ola de calor del infierno.

PPD: Os dejo mi pequeño botín, que me costó horrores por esa vergüenza natural que siento por enfrentarme a alguien conocido. ¿Qué me pasa?

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